El panorama de la TV colombiana ha entrado en una profunda recomposición. El modelo que predominó durante años había mostrado bondades pero también serios bloqueos. Entre las primeras estaban el desarrollo de pequeñas, medianas y grandes empresas de TV que pudieron sobrevivir sin exigencias demasiado onerosas, así como el apoyo estatal en infraestructura técnica de producción y, especialmente, de transmisión, en un país con considerables dificultades en este tema por su configuración geográfica. También el desarrollo de géneros como la telenovela y el dramatizado, que después de varias décadas pueden presentar una identidad propia y una calidad que ya es reconocida internacionalmente.
Entre los bloqueos estaban la injerencia política en las decisiones sobre TV, las limitaciones en los horarios –que no permitían el crecimiento de compañías con suficientes elementos para hacerlo–, el pesado fardo de las regulaciones estatales y los cambios intempestivos en las reglas de juego.
El cambio no se debe simplemente a las modificaciones constitucionales que en 1991 abrieron la posibilidad a cualquier ciudadano de fundar medios masivos de comunicación, sino, sobre todo, a la propia evolución del medio, que requería cambios urgentes y necesarios; transformaciones unidas a la vertiginosa innovación tecnológica, a la flexibilidad de una programación que debe estar siempre preparada para los cambios y a la generación de una industria audiovisual con suficiente fuerza para abastecer mercados internos, pero también para situar sus productos en los exigentes mercados internacionales.
Las leyes 182 y 335 renovaron la situación en forma radical. Por una parte, abrieron las compuertas para ofrecer libremente al televidente una importante gama de alternativas. Mientras los canales 1 y A permanecen en su estructura mixta, tenderán a desregularse más para poder competir en igualdad de circunstancias con las otras modalidades en el mercado. Tanto su programación como su participación en el total de la pauta publicitaria cambiará notablemente con un posible impacto en la calidad de su producción Estas cadenas tienen algunos negros nubarrones en el horizonte. El primero es la incertidumbre de una permanencia de seis años hasta la próxima licitación, lo que impide a las programadoras llevar a cabo proyectos de largo plazo y asumir inversiones que pueden quedar pendientes del hilo de las decisiones de otros. A ello se unen las dificultades por las que atraviesa Inravisión (Instituto Nacional de Radio y Televisión) y, en particular, su deterioro técnico que puede terminar por influir en la calidad de la transmisión de la señal, si no se llevan a cabo previsiones necesarias.
Un reto fundamental para las cadenas actuales será conseguir un perfil real como canal, es decir, integrar en un todo las propuestas de las diferentes programadoras. La fragmentación les ocasionaría debilidades en la competencia, lentitud en las decisiones de programación –que ahora se toman mas rápido– y una imagen de "mosaico" poco atractiva para las audiencias. Entre tanto, ya ha empezado a operar en el país –con una importante aceptación– DirecTV; y se espera el próximo ingreso de otras compañías de televisión satelital codificada.
Mayores alternativas, retos nuevos
Las audiencias colombianas ya habían tenido experiencias de acceso a TV internacional. Como en ningún otro país, de manera muy acelerada, empezaron a aparecer las antenas parabólicas no sólo en los barrios de clase media y alta sino también en los populares. Aun así, la programación nacional ha tenido una gran aceptación. Una gran parte de los programas más vistos en la televisión abierta siempre han sido los colombianos, aunque la situación puede variar con el incremento desmesurado de la oferta externa.
La acogida del DTH dependerá de la variedad de canales que se ofrezcan; por lo pronto, en un país grande y de topografía compleja, su tecnología permite acceder a unas posibilidades de información y entretenimiento que antes no se tenían. El cable es una de las modalidades más promisorias, sobre todo cuando logre una cobertura significativa a través de fibra óptica. La ley permite una revisión de la presencia de publicidad –que antes estaba restringida–, pero quizás el mayor atractivo de esta modalidad de televisión sea, además de la oferta de canales y pago por ver, servir como plataforma para navegar por Internet y, hacia el futuro cercano, para el desarrollo de la interactividad.
La entrega de las dos primeras frecuencias de televisión privada a RCN y Caracol es una de las transformaciones más importantes. Con infraestructura técnica adecuada, buen respaldo económico, pauta propia y experiencia de años en la producción de televisión, las dos empresas tienen, sin embargo, desafíos clave: estructurar una programación integral de canal, desarrollar capacidad en el manejo informativo –muy avanzada en la radio pero poco en la TV–, prepararse para una competencia en la que el mercado publicitario no crece en las mismas proporciones y entrar a cambiar de manera creativa algunas de las rutinas construidas por las audiencias durante años.
Pero aún quedan más variaciones en el portafolio de decisiones de la Comisión Nacional de Televisión. Una de las más importantes e innovadoras será la creación de canales locales privados con posibilidades de encadenamiento nacional con otras estaciones en un porcentaje muy importante de su programación. Esta modalidad será, sin duda, otro actor más de la competencia televisiva nacional; en ella participarán grupos que requieren inversiones económicas menores, que intentarán asumir riesgos de manera colectiva, que podrán encontrar nichos de audiencia más específicos. Pero también deberán enfrentarse a la incertidumbre de un funcionamiento inédito en el país, las dificultades de su relación con otros canales para llegar a acuerdos de programación con cobertura nacional y la posible saturación de los mercados.
Mientras los canales regionales rediseñan su intervención en las nuevas circunstancias, aparecen Canal Capital y TeleAndina. El primero –que ya está emitiendo señal de prueba– tiene la oportunidad de salir con anticipación a tomarse la audiencia bogotana, una de las más importantes por la pauta que moviliza y su influencia en los decisores sociales. Canal Capital ha apostado a configurar un canal atractivo, cercano a los problemas urbanos, innovador y joven. En su programación, seguramente, se verán grupos de productores independientes y propuestas institucionales que busquen otros lenguajes para llegarles a los televidentes. Sólo así podrá convertirse en alternativa real, en medio de un abanico de posibilidades que se ha ampliado. Los canales comunitarios serán otra modalidad interesante. Con penetración en pueblos, barrios y pequeñas comunidades han mostrado una importante actividad para defender sus derechos y una enorme creatividad para llegar a sus audiencias con narraciones cercanas. Significarán una oportunidad para apoyar la democratización de los medios así como la conexión entre televisión y procesos sociales.
Las variaciones en el paisaje audiovisual colombiano replantearán rutinas y costumbres de años. La centralización de las decisiones y regulaciones en la Comisión Nacional de Televisión, la movilidad de una programación que durante años fue reglamentada, el crecimiento de la oferta televisiva con el impulso a géneros y formatos que hasta el momento no han crecido lo suficiente, el desarrollo de sistemas de producción que permitan abastecer el mercado, y la flexibilidad en innovación tecnológica son sólo algunos de los trazos de la nueva topografía. Una topografía que ojalá pueda abarcar la diversidad cultural y la polifonía social de un país que también desea verse imaginado en su televisión. TV&V
Nota sobre el autor:
* Investigador de la comunicación; vicepresidente de la Fundación Social; profesor de las universidades Javeriana y Los Andes, de Bogotá.

