La crisis que sufrió la Argentina en 2001 dejó algunas pocas consecuencias positivas. Por ejemplo, la depreciación drástica de la moneda local respecto del dólar (en pocos días pasó de tener una paridad de uno a uno a una de tres a uno) permitió a emprendedores locales ofrecer una serie de servicios complejos y de alto nivel al exterior a precios muy competitivos. Entre estas prestaciones se encuentran todas las relacionadas con el mundo audiovisual, por lo que Buenos Aires fue durante los últimos años una de las mecas regionales para la filmación de videoclips, la realización de publicidades y las producciones televisivas, siempre apoyándose en dos valores: el mencionado costo asequible, por un lado, y el hecho de que las productoras locales habían invertido en el mejor equipamiento de última generación durante las épocas de bonanza.
La producción de musicales en estudio, una tarea compleja y costosa (en particular si se busca que haya una audiencia participante), entra en las generales de esta ley y es un nuevo negocio que pequeñas empresas del sector están comenzando a explotar en la Argentina. No hablaremos aquí de grandes recitales de estrellas pop que llevan 50.000 personas a un estadio, sino de pequeños eventos con una audiencia moderada (hasta 500 personas). Por lo pronto, se nota una tendencia a rescatar y reciclar antiguas salas de teatro y de cine del Gran Buenos Aires, aprovechando su buen nivel acústico particular y sus características de tamaño, altura y capacidad, para retransformarlas en auditorios que sirvan a estos efectos.
Es el caso del Auditorio Alianza, ubicado en la localidad de Caseros (a menos de diez minutos de la ciudad de Buenos Aires), con capacidad para 350 personas y que se utiliza tanto para recitales como para la grabación de shows con audiencia y hasta para la creación de videoclips en vivo.
Que se oiga bien
Sergio Lucero, responsable del lugar, explica que “son varios los puntos que hay que tener en cuenta a la hora de pensar en un espacio para utilizar como estudio para la grabación de un musical”. Estas variables van desde el tamaño del escenario (en el caso del Auditorio Alianza es de 9 por 5 metros) hasta si se cuenta con todos los papeles en regla, como son los permisos municipales específicos que habilitan los encuentros de este tipo, pasando, por supuesto, por el sonido, la iluminación y las comodidades para los artistas (la mayoría cuenta, por ejemplo, con camarines –algunos, incluso, ofrecen hasta camarines individuales para cada uno de los componentes del grupo-, frigobar o conexión wi-fi a Internet).
“Cuando se graba en vivo con audiencia, se realiza un doble trabajo: por un lado, las correcciones puntuales que debe hacer el sonidista para quienes están escuchando en el lugar, y por el otro, toda la tarea que se desarrolla para tomar la señal de la mejor manera”, explica Lucero, para quien son tres los puntos clave para lograr el mejor resultado: “tomar la señal de cada instrumento de la manera más separada que sea posible, apuntar a obtener la señal más alta y conseguir que salga muy limpia”.
Cuando habla de tomar cada instrumento por separado, eso incluye cada uno de los siete u ocho cuerpos de la batería de manera individual. Auditorio Alianza tiene micrófonos Shure y utiliza diferentes modelos para capturar distintos sonidos: el SM58 para voces (diseñado especialmente para acentuar la calidez y la claridad de las voces, tanto líderes como coros), el SM57 para equipos (obtiene lo máximo de amplificadores de bajo y guitarra, bronces, armónica, saxo, tambores y conga), el Beta98 D/S para toms y redoblantes, el Beta52 para bombo de batería, bajo eléctrico y bajo acústico, y el SM81 para guitarra acústica, bajo acústico, cuerdas, piano, platos y orquesta (también se aplica para grupos de canto coral y es ideal para sonido en vivo). “Tratamos de asegurarnos de que por un canal específico no se filtren otras señales”, agrega Lucero.

